miércoles, 23 de julio de 2008

14. Narración épica: La Tormenta de Al Fatah

El viejo pastor vio desde la colina cómo las nubes se arremolinaban en el cielo vespertino como dragones blancos sobre un lago de fuego, abriendo sus fauces para devorar el día. Del Norte llegaba el aliento gélido de la montaña boreal, y el sonido de la luz pagana tronaba sobre la tierra como un tambor de guerra antes de la batalla. El bosque comenzó a respirar para cubrir de bruma las lomas, desapareciendo ante la inmensa llanura. Un ejército del cielo rasgó las nubes y descargó su furia clavando infinitos dardos de cristal sobre la tierra, y como estrella fugaz recorrió los valles en busca de la tierra prometida antes de llegar al mar. Los antiguos árboles habían sido talados y el gran abeto del desierto, solemne e imperecedero, vio caer sus hojas por el peso de los siglos. Sus semillas esparcidas no encontraban agua para germinar, y el campo santo se deleitaba con su muerte y absorbía toda el agua para dar frutos de oro y construir el gran becerro. Las lágrimas de los pájaros cautivos tras la muralla del cazador formaban un lago de tristeza y esperanza, pero los hijos de éste lanzaban piedras al agua, y sus ondas de odio se extendían hasta la orilla consumando las horas de paz. Más allá del valle, el fantasma de ojos verdes cautivaba a las naciones imperiales para conseguir de ellas munición con que cargar el rifle del profeta Sión, y desterrar las malas hierbas que nacieron en su jardín antes de que lo vedara. Sin embargo, las flores palestinas perduran escondidas esperando repoblar de nuevo la campiña, y aunque el sol que las guiaba yazga en poniente, una nueva estrella alumbrará su destino en la temible noche y derribará el muro.

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