Sobre la cama,
Las sábanas desnudas
Sueñan contigo.
«El más alto acto de la Razón, en cuanto que ella abarca todas las ideas, es un acto estético, y la verdad y el bien sólo en la belleza están hermanados. El filósofo tiene que poseer tanta fuerza estética como el poeta».
Más de un año sin escribir una mísera palabra, ¡qué digo palabra! Ni una insignificante partícula, aunque sólo sea para ensayar buena caligrafía, valga la redundancia. Nada de nada, colega. Un año entero de estreñimiento léxico, de tapón verbal. El otro día, sentado en la taza de la voluntad poética, y con un grueso libro de instrucciones para el lavavajillas mental, conseguí hacer de vientre (porque de cabeza no tiene nada) esta minúscula bolita cabruna de hez literaria. A ver si al menos sirve de cebo y atrae a las letras como si fueran moscas, que ya me encargaré yo de hacer colmena si la musa me presta el panal, y ya de paso, con la miel que me saque, atraigo al oso poético, que ya le vale estar más de un año invernando al jodío. Lo transcribo tal cual cayó al agua, redondito y duro, vamos, sin pulir. Que ni huele ni deja de oler, sólo deja un leve tufillo a desesperación y falta de ingenio. Sírvanse ustedes, con palillo mejor, para no ensuciarse los dedos.
“Silencio.
Respiración suave, profunda.
Me concentro, me concentr… me conc…
Ruido. Motores, claxon, la tele. Nada.
Respiro. Cierro los ojos. Suave, despacio. Mejor. Claxon.
Me concentro. Me concentro. Me concentr… me con… me…
Meses sin escribir una sola palabra, sin flotar, sin descender al océano de las palabras. Sin beber el agua dulce del río poético. Pero parece que llega, que asoma, lo rozo, casi puedo besar los labios efervescentes de la musa. Ven, llévate mi mente y tráeme la palabra. Así, casi. Claxon.
Estrujo mi mente como un papel en blanco con un borrón al principio, como una naranja seca. Pero la corriente del exprimidor se corta alternativamente. Claxon, tele, grito.
Quieta, mente, ¿dónde vas? Ahí sentadita. Musa ven, ahí tienes mi pensamiento, quieto y obediente en una silla de papel, al menor movimiento se deshace como agua informe. Poséelo ahora. ¿Ya no te parezco atractivo? ¿No te gusta abandonarte a mí después de haberme yo derretido sobre tu cuerpo? Lo sé, soy yo quien no te busca, quien te rehúye disimuladamente. Ya no te cortejo, no te seduzco, no te bebo con la mirada del alma. ¿Cómo voy a hallarte, pues? Soy un necio, pretendo que vengas a mí de rodillas cuando me plazca, sin luchar, sin vencer, sin conquistar. Ahora me apetece y ya tienes que venir. No es así. Nunca lo ha sido. Tal vez me he vuelto perezoso y frío. Sí, conformista. Ven, te necesito, te pido perdón. Muéstrate un poco, sólo un poco, para que no me conforme, para que te desee, para que te persiga. No tienes que poseerme aún, sólo rózame, excítame, quémame, y déjame arder de sed. Prende fuego al torbellino de mis ideas y que las fatuas se extingan mientras chisporrotean las demás.
Silencio.
Calma, sosiego. El resto ha desaparecido.
Un esbozo, una idea. Sólo palabras, sólo letras. Toda la fuerza del mar, contenida en una sola ola. Y allí la playa expectante, recostada, cubierta por una fina capa de arena ardiente, esperando ser mojada por la espuma divina del dios”.