martes, 29 de junio de 2010

Un Haiku rescatado

Sobre la cama,

Las sábanas desnudas

Sueñan contigo.

lunes, 14 de junio de 2010

Toc - toc ¿Musa?

Más de un año sin escribir una mísera palabra, ¡qué digo palabra! Ni una insignificante partícula, aunque sólo sea para ensayar buena caligrafía, valga la redundancia. Nada de nada, colega. Un año entero de estreñimiento léxico, de tapón verbal. El otro día, sentado en la taza de la voluntad poética, y con un grueso libro de instrucciones para el lavavajillas mental, conseguí hacer de vientre (porque de cabeza no tiene nada) esta minúscula bolita cabruna de hez literaria. A ver si al menos sirve de cebo y atrae a las letras como si fueran moscas, que ya me encargaré yo de hacer colmena si la musa me presta el panal, y ya de paso, con la miel que me saque, atraigo al oso poético, que ya le vale estar más de un año invernando al jodío. Lo transcribo tal cual cayó al agua, redondito y duro, vamos, sin pulir. Que ni huele ni deja de oler, sólo deja un leve tufillo a desesperación y falta de ingenio. Sírvanse ustedes, con palillo mejor, para no ensuciarse los dedos.

“Silencio.

Respiración suave, profunda.

Me concentro, me concentr… me conc…

Ruido. Motores, claxon, la tele. Nada.

Respiro. Cierro los ojos. Suave, despacio. Mejor. Claxon.

Me concentro. Me concentro. Me concentr… me con… me…

Meses sin escribir una sola palabra, sin flotar, sin descender al océano de las palabras. Sin beber el agua dulce del río poético. Pero parece que llega, que asoma, lo rozo, casi puedo besar los labios efervescentes de la musa. Ven, llévate mi mente y tráeme la palabra. Así, casi. Claxon.

Estrujo mi mente como un papel en blanco con un borrón al principio, como una naranja seca. Pero la corriente del exprimidor se corta alternativamente. Claxon, tele, grito.

Quieta, mente, ¿dónde vas? Ahí sentadita. Musa ven, ahí tienes mi pensamiento, quieto y obediente en una silla de papel, al menor movimiento se deshace como agua informe. Poséelo ahora. ¿Ya no te parezco atractivo? ¿No te gusta abandonarte a mí después de haberme yo derretido sobre tu cuerpo? Lo sé, soy yo quien no te busca, quien te rehúye disimuladamente. Ya no te cortejo, no te seduzco, no te bebo con la mirada del alma. ¿Cómo voy a hallarte, pues? Soy un necio, pretendo que vengas a mí de rodillas cuando me plazca, sin luchar, sin vencer, sin conquistar. Ahora me apetece y ya tienes que venir. No es así. Nunca lo ha sido. Tal vez me he vuelto perezoso y frío. Sí, conformista. Ven, te necesito, te pido perdón. Muéstrate un poco, sólo un poco, para que no me conforme, para que te desee, para que te persiga. No tienes que poseerme aún, sólo rózame, excítame, quémame, y déjame arder de sed. Prende fuego al torbellino de mis ideas y que las fatuas se extingan mientras chisporrotean las demás.

Silencio.

Calma, sosiego. El resto ha desaparecido.

Un esbozo, una idea. Sólo palabras, sólo letras. Toda la fuerza del mar, contenida en una sola ola. Y allí la playa expectante, recostada, cubierta por una fina capa de arena ardiente, esperando ser mojada por la espuma divina del dios.

lunes, 4 de mayo de 2009

¡PERO HOMBRE, MÍRESE USTED EL BOLSILLO!


A medida que pasan los años uno va adquiriendo cierta conciencia histórica, y después de asomarse al infinito océano del pensamiento, o más bien, de la historia de éste, se descubre sin necesidad de demasiadas entendederas que los mismos errores, las mismas esperanzas y las mismas decepciones, se repiten una y otra vez a lo largo de los siglos. Éste mismo párrafo, con su mejor o peor retórica, aparece enésimas veces diluido entre los textos de cada autor y de cada época, por lejana o próxima que nos quede. ¿Da esto pie a pensar que el ser humano es como un cachorro de perro que persigue su cola? ¿No es acaso eso mismo la historia, la continua lucha pendular para cambiar lo cambiado, o para preservar lo establecido, lo mismo da? ¿No es acaso frustrante oír como novedad todos los días estribillos archirrepetidos en novelas pasadas? ¿No escucha uno los mismos discursos vacíos de tal o cuál político que pronuncia como quien recita la lección? Y peor aún ¿no es desesperante escuchar al parroquiano de turno despotricar contra la fatuidad de la política usando como novedad las palabras textuales que nuestros queridos autores ponían en boca de sus personajes hace cien, quinientos, y hasta dos mil años, y quedarse tan ancho y satisfecho? ¿Por qué entonces sigue ocurriendo? ¿Por qué del errare humanum est sin saber latín hacemos slogan, por qué hacemos del vicio virtud? ¿Por qué se busca ingenuamente la originalidad repitiendo patrones erróneos, en vez de asumir nuestra condición de imitadores y mejorar las réplicas e incluso superarlas? De acuerdo, errar es humano, pero amigos, sólo las bestias caminan sobre sus yerros, quiero decir, hierros. Y tropezar dos, tres, cien veces en la misma piedra no es de humanos, es de bestias. Por supuesto esto no entra dentro de los debates de interés nacional, ni siquiera se plantea en las encuestas. Las máximas preocupaciones son las mismas de siempre, el eterno retorno de los problemas sociales sin tenerse en cuenta la causa de los mismos, como aquél que se queja constantemente de que se le caen las monedas al suelo, y nunca se detiene a observar que es porque se le ha roto el bolsillo del pantalón. Y así se agacha una y otra vez a recoger los céntimos sueltos que nunca dejan de caer. Y no contento con esto echa la culpa al peso de las monedas y a su mala fabricación, así como a la maldita ley de la gravedad que las hace caer. ¡Pero hombre, mírese usted el bolsillo!

A esto me responderían mis queridos personajes favoritos de la historia del pensamiento con su:”siempre ha sido así y siempre será, nada podemos hacer más que agachar las orejas y tirar palante como buenamente podamos, y a caballo regalado no le mires el diente”; o peor aún: “nosotros podemos cambiar el mundo, y debemos, pues hasta ahora todo es retro y estanco, pero nosotros por fin haremos el verdadero cambio”. Hay otro personaje, el desconocido, el observador, el oculto, el sabio, por desgracia siempre sepultado por sus compadres anteriores. ¿Para qué ponerle voz, si en cuanto hable será nuevamente olvidado por ese extraño embrujo milenario? Sí, y al igual que mi querida Casandra, condenada a predecir las cosas y nuca jamás ser creída, las palabras de este pobre se olvidan en el mismo momento de ser pronunciadas. Lástima.

Por desgracia un servidor ni si quiera se parece a uno de estos tertulianos de la historia, y tan sólo se atreve a reflexionar tímidamente sobre el asunto con mayor o menor atino, pero con extrema deleitación.