miércoles, 2 de julio de 2008

3. FUGA EN CLAVE DE TÓPICO NOCTURNO (por enésima vez)

Dentro de la ciudad, lejos de los colosos brillantes de luces neónicas, entre las callejuelas empedradas y escondidas plazas, transformado en una leve ráfaga de aire me dejé llevar mientras la noche fría se derramaba sobre los rincones. Me uní primero a una melodía que reptaba sinuosa desde una ventana abierta, iluminada por un tenue murmullo de luz. Trepé a través de las notas y me colé en su interior, apagando la vela que había en la mesa donde estaba un cansado poeta, que buscaba la inspiración en el fondo de un vaso de absenta. La camarera le observaba distraídamente, reposando sus curvas insinuantes sobre la barra desgastada. Me dirigí hacia ella, con delicadeza moví sus cabellos, y envolví su cintura y sus senos haciéndole estremecer, susurrando en su oído: “déjate llevar”. Salí por una rendija de la sombría puerta para dar a unos escalones que terminaban en plazuela. Allí un joven compartía su primera botella de vino con una muchacha, que le observaba ingenua, embelesada por sus nobles pensamientos. Pasé en medio de los dos, y ante el escalofrío que produje en ella, él le cedió su cazadora enamorándola del todo. Luego me distraje en seguir el sonido de unos pasos tranquilos, alcancé al que los producía y me metamorfoseé en pensamiento mezclándome con los suyos: era un músico absorto en concluir una partitura, que caminaba perdido buscando encontrarse con su alma gemela, y hallar en sus ojos la última melodía. Salí de allí en forma de suspiro y volví a mi condición de aire. Después de hacer algunos remolinos entre las hojas caídas, llegué al pórtico de una vieja iglesia. Vi que, envuelto en su abrigo raído, descansaba un hombre solitario, y sus manos sostenían un papel tembloroso. Pasé inadvertido. Tomé una calle estrecha y la recorrí a gran velocidad, para desembocar en un parque y sentir cómo mi cuerpo se expandía y agitaba las copas de los árboles. Observé que en la penumbra de uno de ellos, dos labios sedientos se fundían en un cálido beso. Sin darme cuenta, la mañana asomó tras los chapiteles de la catedral. Los rincones comenzaron a llenarse de una débil claridad, y sentí mi cuerpo más pesado y frío, y me acurruqué en un portal mientras volvía a mi forma humana. Mi poder había desaparecido y decidí volver a casa para refugiarme del día, y arroparme con el recuerdo de la acogedora noche. Dediqué los días siguientes por entero a dar forma a un desgarrador poema, una melancólica canción y una sincera carta.

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