miércoles, 9 de julio de 2008

11. Anécdota: a oscuras

Desperté de un sobresalto. Abrí los ojos pero no vi nada. Volví a cerrarlos y me tapé por completo con la manta. Sentí el calor que abrigó toda mi piel con un cosquilleo, respiré el olor a cama, primitivo, cálido, propio de la vigilia o la modorra, un olor que despertaba una emoción primaria, casi animal. Bostecé y me fui desperezando: estiré los pies, luego las piernas, pero casi sin moverme; los brazos, la cabeza. Dejé escurrir todos mis miembros por la sábana, como si capturasen su calor y suavidad. Moví la mano derecha despacio, en círculos, para adormecerme con el sonido balsámico que producía, áspero pero delicado. La calma se llevó mi consciencia.

Desperté de nuevo, esta vez de forma natural y tranquila, como un aterrizaje a cámara lenta. Tanteé la pared en busca del interruptor y por unos segundos imaginé formas en el gotelé, seguí con las yemas el contorno de los huecos y los salientes, y percibí rostros informes y animales extraños. Caí de repente en la cuenta de que el interruptor no estaba, llevaba sin estar ahí desde que hicieron mis padres la obra, hace seis años. Aparté la manta con la mano derecha y con un movimiento mecánico giré mi cuerpo y puse los pies en la alfombra. Me incorporé. La oscuridad era total ¿Qué hora sería? Arrastré los pies despacio y de lado, como una tijera, con las pantorrillas pegadas al colchón y los brazos en cruz. Ahora el olor a cerrado se me antojaba denso, quería llegar hasta la ventana para abrirla y respirar aire puro. Me pareció enorme la distancia hasta que toqué la cortina. La descorrí y busqué el picaporte, con la izquierda hice fuerza en el cristal, que estaba frío y húmedo, y con la derecha tiré hacia atrás; luego tiré con fuerza de la correa de la persiana, escuché con claridad el chirrido, y noté en la cara una ráfaga de aire fresco. Pero no vi nada. Todo seguía oscuro.

Sentía los ojos pesados, con legañas. Me froté con intensidad hasta que me dolieron, pero seguía sin ver. No obstante percibí un débil resplandor, junté los párpados y vi una luz tenue a lo lejos. Supuse que se habría producido un apagón general en todo el barrio, pues vislumbraba aunque con dificultad, como sombras geométricas, las siluetas de los edificios y de algún árbol en la calle. No había luna ni estrellas que alumbrasen y pensé que el cielo seguiría nublado como cuando me acosté. El aire estaba cargado y húmedo y escuché el canto de un pájaro en la distancia. ¡Bruto! Exclamé. ¡Vamos! ¡Ven aquí! Oí el sonido de las pezuñas de mi perro sobre el parquet y luego noté su lomo en mis rodillas. Le palpé hasta encontrar su cabeza y le acaricié detrás de las orejas, parecía de lana. En ese momento se me ocurrió bajarle a la calle a oscuras, sentí vértigo ante la sensación de caminar a tientas con mi perro por el parque. Me pareció una de esas ocasiones especiales que no vale la pena desperdiciar por la comodidad de la cama o el miedo a lo inútil. Así pues, me decidí.

Giré hacia el interior de mi habitación, di un par de pasos al frente y paré. Estiré los brazos y me incliné para tocar el aire, por fin mi mano izquierda rozó los vaqueros que había dejado encima de la silla. Apoyado con un sólo dedo sobre ésta, lo justo para medir la distancia, me desplacé hacia delante con la mano derecha aún extendida y di con el marco de la puerta, lo agarré y solté la otra mano. De repente me pareció absurda la idea de bajar a la calle y opté por ir a la cocina a buscar una vela y ya de paso comer algo. Apoyé una mano en cada pared del pasillo y seguí recto. Cuando con la mano derecha toqué la puerta del salón me detuve y eché los brazos al frente. La puerta de la cocina estaba entornada, empujé y entré con seguridad. Nada más entrar sentí cómo pisaba sobre un líquido caliente mientras un olor ácido invadía mis fosas, seguido de otro un poco más suave pero el doble de pestilente. Sin duda mi perro se había meado y yo lo acababa de pisar. Me lamenté de no haberle bajado la noche anterior. Después de gritar todo tipo de insultos y blasfemias levanté el pié y permanecí pensativo a la pata coja. Pero me impedía concentrarme el continuo jadeo que provenía de la oscuridad, como si se tratara de la respiración de ésta. ¡Cállate, coño! Grité irritado a mi perro. En un acto de hacer de tripas corazón pisé el meado y avancé un paso hasta el mueble de los cubiertos y de los platos. Atiné a la primera y abrí el cajón correcto, hurgué y saqué un vela sin usar y un mechero. Prendí la mecha y al instante se alumbró la estancia. El charco de pis ocupaba media cocina. Salí deprisa y, a la pata coja para manchar menos el pasillo, fui hasta el baño, que estaba al final, al lado de mi cuarto. Lavé primero un pie y luego el otro en el bidé, y luego las manos de forma compulsiva. Entré en mi habitación y me senté en la cama con la vela sujeta con una mano. En ese momento una repentina ráfaga de aire apagó la llama y me dejó otra vez a oscuras. Pero lo más ridículo de todo es que con las prisas por salir de la cocina, después de encender la vela, había dejado el mechero sobre el aparador.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Este texto es tan bueno, tan empático, tan abolsutamente kikesco... igual es que te conozco, a ti, a tu casa y al meón de Bruto, pero vamos, que mientras lo leía tenía la impresión de estar mirándote desde un ángulo oscuro del pasillo, aguantándome la risa...


un saludo, cacho friki!