domingo, 12 de octubre de 2008

2. ZOZOBRA


“La cálida luz crepuscular se arropa entre las montañas, y el último rayo de sol se desvanece sobre el alféizar de mi ventana, sumiendo mi cuarto en una confortable oscuridad. Asomado, inspiro la suave fragancia campestre que trae la brisa estival, y me siento adormecido escuchando los lejanos murmullos de los árboles sombríos. La noche repta sobre las colinas cercanas enmudeciendo las siniestras criaturas y acallando el rumor del agua de la fuente cercana. No puedo dejar de estremecerme a causa del mortífero silencio que me rodea, que crece a la par que la oscuridad avanza, cada vez más espesa, arrinconándome en la penumbra de la vela. ¿A qué se debe este fenómeno? ¿Es, tal vez, producto de mi mente en duermevela? La lóbrega atmósfera me asfixia y siento un peso fulminante que me hunde en el sillón; un repentino cansancio me invade e instiga a dormir, mientras hago terribles esfuerzos por continuar escribiendo. Apenas puedo ver, la luz de la vela se apaga súbitamente y siento un zumbido atronador en los oídos. Entonces me deslizo hasta el suelo y siento como si el mundo entero se inclinase y yo cayera vertiginosamente hasta chocar con la pared. ¿Qué me ocurre? No puedo gritar. Pero no es un sueño: soy capaz de seguir escribiendo, aunque la pluma cada vez pese más y los renglones me salgan torcidos. Otra vez luz. Ahora soy capaz de moverme pero no consigo ponerme en pie. ¡Basta! Mil voces suenan ahora todas a la vez y en disonancia, y no entiendo lo que dicen, sin embargo sé que me increpan. Me instan a escribir, lo sé porque sólo así me permiten respirar, sus manos invisibles me cubren el rostro cada vez que paro o intento levantarme. ¿Cómo es posible? La habitación es la misma, todo sigue igual, y sin embargo noto su presencia como si emanase de mí. Están por encima del tiempo y del espacio, en esa dimensión que sólo existe en los sueños, pero no lo es, no es un sueño, tan seguro estoy. ¡Despierta! ¡Despierta!”

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