lunes, 30 de junio de 2008

1. INSPIRACIÓN

Hay días en los que me gusta perderme entre callejuelas y plazas hasta llegar a sitios desconocidos, y sentirme como si fuera extranjero en mi propia ciudad: contemplar a la gente como si hablara otro idioma y tuviese costumbres distintas; mirar las viejas buhardillas en las que viven los pintores y las bailarinas; descubrir la revolución que se prepara en el café de un callejón sombrío; me gusta imaginar las vidas de los habitantes de todos los lugares desconocidos que mi imaginación y mis pies me llevan a conquistar. Cuando camino solo, la imaginación se dispara, y a veces es más real lo que voy pensando que el propio paseo. Y qué agradable es llegar luego a casa, con las piernas cansadas y la mente limpia, coger un viejo cuaderno y sentarse a escribir. Es una sensación de intimidad y grandeza, las palabras fluyen de la nada como un remolino de ideas, y el corazón se contrae y dilata confeccionando frases, llevando la sangre a los dedos que sostienen la pluma…

La tinta cae purificada sobre este cuaderno. Nueva tinta, nuevas ideas. Es tan pasajero el ingenio. La inspiración posee a uno en los momentos más inoportunos, por eso los poetas son excéntricos. Escribir es como soñar, y, como de un sueño, se puede despertar en cualquier momento, y es muy difícil volver a dormir y retomar el mismo idilio, por eso los poetas son soñadores. Las palabras vuelan por el mundo vacías, mustias; el poeta las dota de fuerza y energía, mezcla sus significados y crea fórmulas mágicas, hechizos; el poeta es un alquimista, un mago. Las palabras sólo mueren con el silencio.

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